REGINA

CASTILLO

Si alguien les dijera a los hermanos Ibáñez o a Rosy Nájera que estaban ayudando a salvar al mundo, probablemente se reirían.  Ellos, plateros de tradición y ella, joyera que descubrió su vocación por accidente, dirían que solo tratan de hacer su trabajo lo mejor posible todos los días. Y, sin embargo, Dostoyevski les llevaría la contraria. Así lo hizo cuando afirmó que la belleza va a salvar al mundo.

 

¿Por qué pensaba el gran maestro ruso de esa manera? Algo debe tener que ver sin duda con la belleza natural que todos los días nos rodea a los habitantes de este planeta y que logra que un amanecer, la contemplación del mar, o un ramo de flores ablanden aún el corazón más duro y conmuevan el intelecto más insensible.  Ese tipo de belleza ha sido admirada por todos nosotros en mayor o menor medida.  El otro tipo de belleza, es la que es creada por los propios seres humanos, la que nace de dos fuentes: la inspiración y el trabajo.

 Nuestra creadora, Regina Castillo, en su infancia no era muy distinta de otras niñas de su edad. Ricitos de Oro como la llamaban, admiraba a su mamá (su abeja trabajadora) y nada la hacía más feliz que pasar tiempo con sus amigas y sus mascotas.  Siempre le gustaron las personas y los animales. Inquieta y entusiasta; siempre estaba haciendo algo. 

Lo único que odiaba era estar sola.

El gusto por el trabajo le llegó desde la adolescencia, cuando con 15 años se disfrazaba de ejecutiva para acompañar a su madre a realizar proyectos de decoración de interiores.  Ahí aprendió a combinar colores, texturas, ambientes, pero también a distinguir qué era lo que sus clientes querían (aunque a veces ni ellos mismos lo supieran). Ahí al lado de su madre también descubrió que no hay sustitutos para la constancia, la disciplina y la resiliencia.

 

¿Y la inspiración? Para los que carecemos de ella, es difícil dar una respuesta concreta.  Quizás ella tampoco lo tenga muy claro.  Aunque lo que sí sabía, era que tenía buen gusto y que era capaz de apreciar la belleza en todas sus formas. 

A mí que por desgracia no la conocí sino tiempo después, me correspondió constatar ese rasgo mucho más tarde, cuando recorríamos tiendas de anticuarios en la Plaza del Ángel y, entre el desorden que prevalecía en esos locales, ella era capaz de extraer un cuadro, una figura, un adorno, que después me tocaba ver en vivo y en directo cómo se acoplaban a la perfección en una casa o en una oficina ayudando a crear espacios pletóricos de armonía.

 

Con el correr de los años, decidió pasar de la decoración a la joyería.  Fue una decisión arriesgada.  Salvo la atracción que tienen las mujeres por las piedras brillantes, carecía de estudios, de conocimientos técnicos, de contactos y de experiencia.  Eso no fue problema, porque el entusiasmo, la clase, el buen gusto (en una palabra, la inspiración y el trabajo), se fueron con ella.

 

De su afición por los animales (sus adorados bichos), combinada quizás con un soplo del recuerdo materno, nacieron sus primeras colecciones, empezando por la más emblemática de todas:  sus abejas.  Después de la inspiración, todo fue conjuntar su capacidad de trabajo y su facilidad para relacionarse con la gente y así llegaron a su vida Rosita y sus orfebres, (casi todas mujeres, todas entusiastas y trabajadoras como ella), quienes le ayudaron a transformar en realidad sus sueños.

 

Nada más apropiado para ellas que la abeja, el animal solar y femenino, emblema del trabajo en equipo, símbolo de la resurrección y del alma, capaz de producir algo tan grato como la miel.  Ellas, en su panal de perfecta simetría hexagonal, simbolizan el corazón, que es lo que Regina y sus colaboradoras han puesto en la creación de cada una de sus piezas.

 

Así tenía que ser, más allá de la mercadotecnia o la producción en masa, tan común en estos tiempos, adquirir una creación de Regina requiere más que solo dinero, exige una dosis especial de sensibilidad.  Tal vez porque es en vano afirmar lo que el corazón no confirma y eso lo sabe cualquier mujer.

 

Con los años, los bichos se han multiplicado, los materiales han ido cambiando, pero la creación y la producción manual, Regina y sus artesanas siguen ahí creando belleza.  Les ha costado mucho, ser reconocidas. Han pasado por innumerables sinsabores, desde fraudes internos, hasta la competencia desleal de viles imitadores. Todos los obstáculos se han ido superando.  Las creaciones de Regina Castillo han triunfado.  No podía ocurrir de otra manera. Ya Oscar Wilde decía que la belleza no necesita explicaciones.  Dicho de otra forma, las cosas terminan pareciéndose a su dueño, (en este caso a su creadora) y las joyas de Regina Castillo, exudan originalidad, gracia y exquisitez en todas sus formas.

 

Aquéllas que compran sus bichos también son una parte vital de esta historia.  Son de hecho quienes la han hecho posible.  Quizás, fuera del agradecimiento de Regina y de su equipo, habría que decirles que además de adquirir un pedazo de belleza, a lo mejor también, aunque sea un poco, también ellas, como aseguraba Dostoyevski, están ayudando a salvar al mundo.

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